Un premio, dos premios, tres premios

Marqués de Riscal es una de las bodegas históricas de La Rioja española. Fundada en 1862, fue pionera en el uso de las técnicas bordelesas, definida por la crianza de los vinos en barricas de roble, que marcaron los nuevos tiempos del vino en España. En el año 1895, la bodega envió muestras al concurso de la Gran Exposición Universal de Burdeos, siendo el primer vino no francés en ganar el Diploma de Honor. Durante los 120 años siguientes, la etiqueta del Marqués de Riscal Reserva incorpora la reproducción del Diploma de Honor e imagino que así seguirá siendo durante mucho tiempo más. Para la bodega es una distinción histórica, pero nunca pretendió que significara la primacía mundial de su vino.

Eran tiempos muy lejanos, en los que los concursos y los premios se contemplaban en la distancia y con toda la relatividad que merecía el asunto. El mundo era chico y los competencias apenas mostraban una pequeña parte del total. Las cosas cambiaron. En 1995, casi un siglo después, Turquía acogió el Concurso Internacional de la Organización Internacional del Vino (OIV) y un vino de Ribera de Duero, Mataromera, obtuvo el primer lugar absoluto. La prensa española estalló en medio de la locura: tenían el mejor vino del mundo. Lo nunca visto.

El orgullo patrio tiró por tierra las normas básicas de la información. Internet daba sus primeros pasos y vivíamos a salvo de las webs consagradas al autobombo, pero los medios tradicionales hicieron los honores. Había detalles que hubiese sido conveniente tener en cuenta antes de imprimir titulares y dedicarle espacios en programas de radio y televisión. Tal vez el hecho de que el título se dilucidó entre unos pocos centenares de muestras –una cifra insignificante frente a la de marcas comercializadas sólo en Europa-, o la composición de las mesas de cata, o las habilidades de sus miembros… De un plumazo, el vino mejor valorado entre un muestrario escueto incluso para una sola zona vinícola de cierta entidad, se presentó al público como el mejor del mundo.

Los concursos son hoy una industria que moviliza millones de dólares cada año y cuentan con miles de empresas que sustentan su existencia, sabedores del poder de promoción que puede tener una de las decenas de miles de medallas, diplomas y distinciones que se reparten a lo largo del año. Sólo en 2014, la OIV respaldó un total de 33 certámenes en los cinco continentes. Dos datos para la reflexión: ningún vino llegó a ganar dos concursos. Ninguno de los grandes vinos del mundo obtuvo una sola medalla en uno sólo de ellos; ni siquiera llegaron a ser considerados. En realidad, tampoco llegaron a presentarse.

Cada muestra sometida a cata paga una cuota de inscripción que no es anecdótica, aunque suele tener compensación. Los concursos pueden premiar hasta el 30 por ciento de las muestras presentadas, con lo que tienes un alto índice de probabilidades de salir premiado. Hay tantas categorías que si presentas varias marcas es difícil volver a casa de vacío.

Lo mismo sucede con destilados, aguardientes, chocolates, quesos o aceites. Los concursos se multiplican estimulados por empresas que encuentran en ellos un óptimo argumento de ventas y promoción. Un ejercicio lícito y razonable, se mire por donde se mire, aunque conviene contemplarlo con perspectiva. Cuando ganas un concurso –no importa si es uno de renombre en Burdeos u otro marginal y medio de apaño en New York- no te conviertes en el mejor del mundo. Ni siquiera el mejor de tu país o tu ciudad. Una medalla significa que se avanza, lo que siempre es una buena noticia, pero no pasa de ser una anécdota.

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