Los pies en el suelo

Decido cerrar el día con una copa y acabo en una coctelería. No exige contraseña secreta o estar en la lista del portero y tampoco es uno de esos speakeasy instalados en la cámara acorazada de un viejo banco, un montacargas o un viejo congelador medio desguazado. Solo quería tomar una copa, tal vez un cóctel (cada día encuentro nuevas y más notables diferencias entre una y otra cosa) pero, giros del karma, acabo en uno de esos bares de moda. Lo más de lo más y un poco más. Ocupo lugar en la barra y pido la carta. ¿Quién dijo que tomar una copa es tarea sencilla?. No hay carta, copa, humo, bengalas o efectos especiales hasta que el barman explique el concepto, incluyendo un relato biográfico del promotor, demasiado largo para su escueta trayectoria profesional. Los pies en el suelo

Nuevas cocinas, comedores antiguos

Ocupo plaza en uno de los comedores ilustrados que prosperan en las grandes ciudad de América Latina y me gusta lo que como. Los platos son gozosos, se nutren de productos bien cuidados, en ocasiones novedosos, y las preparaciones muestran un buen nivel técnico. La boca se llena de ideas, mensajes y algunas emociones, sentando las bases de una buena experiencia. Todo debería ir a favor de corriente, de eso se trata cuando vas a un restaurante, pero hoy no toca. Nuevas cocinas, comedores antiguos

Pan, femenino, plural

En el obrador de Pan de Fuego los viernes son para las masas azucaradas. De hecho Liz Espejo, su impulsora, les ha puesto nombre, ‘dulce viernes’. Es el día de las orejitas, las conchas o de formas con almendra y naranja y es la única concesión que hacen al mercado local. “El mexicano es muy panero, pero de pan dulce, y no quiero cerrarme a los gustos de mi país”. Liz lo tiene claro, el resto de la semana queda para los panes salados. Así es desde hace tres años, cuando abrió Pan de Fuego en Puebla, con la idea clara de volcarse en la esencia de la panadería tradicional: las masas madres, las fermentaciones prolongadas y, como resultado, los panes con cuerpo, estructura y sabor. Pan, femenino, plural

El compromiso y el sentido común

El collar de paiche de Amaz es un bocado que enamora. Delicado, amable, sabroso y profundo, muestra la auténtica naturaleza de la carne del paiche, el gigante amazónico que nunca se había exhibido en Lima mostrando su estado real. Hasta entonces era imposible acceder a su auténtica naturaleza lejos de las zonas de producción. Solo nos llegaban filetes limpios, sin piel ni espinas, desnaturalizados por un proceso de inmersión en salmuera. El compromiso de Pedro Miguel Schiaffino con lo amazónico ha cambiado las cosas. El compromiso y el sentido común

Vedas que quedan en el aire

Llego a Quito el día que entran en vigor las vedas de la langosta y el cangrejo azul. Lo leo en dos hojas de papel que han pegado en una de las columnas del mercado de Iñaquito. No es un despliegue notable; ni un detalle de color que reclame la atención sobre ellos ni un lugar preferente para colgarlas, aunque es justo reconocer que las pegaron cerca de las tres pescaderías. Hay que estar muy atento para verlas pero consigo fijarme y tomo nota. Vienen firmadas por el Ministerio de Acuacultura y Pesca y anuncian acciones penales para quienes cometan los delitos de captura, tenencia, procesamiento, transporte o comercialización de las especies protegidas. Vedas que quedan en el aire

La cazadora de cacaos

Catanzama es una pequeña comunidad de la etnia arhuaca que encuentro asentada en la diferencia. Un pueblo cacaotero en la orilla del mar Caribe, sobre las mismas faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, al norte de Colombia, y unas gentes peculiares no solo por su extraña indumentaria sino por su forma de entender su relación con la vida y el entorno. Son los guardianes de la naturaleza y se ajustan a códigos realmente complejos. Nada se parece a lo que conozco pero la auténtica sorpresa, la mayor de todas, llega más con ellos que de ellos. Es un personaje que rompe nuevos esquemas y se llama Mayumi Ogata. La cazadora de cacaos

¿Por qué no avanza la cocina peruana?

La diversidad de la despensa es uno de los principales activos culinarios del Perú. Los 90 microclimas que registra el país son la llave del cofre que alberga un descomunal tesoro formado por 25.000 especies diferentes. La cifra incluye cientos de frutales y algún millar que otro de plantas comestibles, empujando a Perú hasta el quinto lugar en el ranking de los países con mayor biodiversidad del planeta. Esa diversidad, asentada en la diferencia, fue uno de los banderines de enganche que convirtieron la gastronomía peruana en protagonista de una moda que recorre el mundo de las cocinas. ¿Por qué no avanza la cocina peruana?

Vida y cocina en el mercado de Iñaquito

No son las nueve de la mañana del sábado y el puesto de Maxi es un ir y venir de gente que parece no tener fin. Está en el exterior del Mercado de Iñaquito y no es más que una mesa grande encajada en un rincón del Almacén Lorenita, ya cubierta a estas horas con bandejas de chicharrón de cerdo, riñones y cuero reventado, que es como llaman por aquí a la piel del chancho frita. Junto a ellos, tostados o chochos, los complementos al uso. El primero es el maíz tostado y crujiente, el segundo es una leguminosa originaria de la cordillera andina que dio el salto a Europa, aunque cada día es menos frecuente fuera de las zonas de cultivo. Algunas cocineras lo preparan con el mismo aliño que el cebiche. Vida y cocina en el mercado de Iñaquito

No me gustaba la cocina de Paul Bocuse

Sólo fui una vez al restaurante de Paul Bocuse y lo que me llegó a la mesa me pareció rancio, anticuado y con poco sentido para lo que entonces se vivía en la cocina. No me gustó su cocina, aunque no fue una sorpresa. Fui porque le admiraba y era consciente de lo que encontraría. Más bien uno de esos decorados de cartón piedra que fascinan a los coleccionistas de restaurantes y facturas que definen el núcleo duro del universo foodie: estética de parque de atracciones, mucho olor a naftalina y pocas emociones comestibles. Desde que traspasé la puerta, su restaurante me pareció absolutamente prescindible; estaba claro que el personaje había trascendido a su trabajo. No me gustaba la cocina de Paul Bocuse

Un tesoro llamado Juan Fernández

La langosta de Juan Fernández es uno de esos regalos que te llegan a la boca muy de tarde en tarde. Cotizada y esquiva, propone una carne dulce, tersa y poderosa que justifica su prestigio. Hay alguna razón más, como la escasez y el aislamiento de las zonas de producción. Hablo del jasus frontalis, una especie de langosta endémica de las Islas de Juan Fernández y las Islas Desventuradas, que puede medir medio metro y pesar hasta 8 kilos, aunque el único ejemplar que he tenido delante era bastante más chico. Un tesoro llamado Juan Fernández

Una pachamanca en Nasca

La pachamanca de Olivia Sejuro es de la más simples que he comido. Llego a ella por una bendita equivocación, justo en medio de un viaje a Nasca, y me quedo enganchado desde que me la anuncian. Esta noche cocinan pachamanca, un guiso ritual andino que se remonta muy atrás en la historia de esta parte de la cordillera andina y de sus gentes. Hay quien encuentra antecedentes de esta preparación, que consiste en cocinar bajo tierra aprovechando el calor de grandes guijarros previamente atemperados en un copioso fuego, en restos arqueológicos del neolítico, datados hace siete u ocho mil años, que no es poco tiempo. Una pachamanca en Nasca

Seis años en Pachacútec

Anoche celebramos la graduación de los alumnos de la sexta promoción de la Escuela de Mozos de Pachacútec. Diecinueve de los 32 estudiantes que empezaron el curso en marzo del año pasado recibieron su diploma y empezaron la parte más difícil de su aventura, conseguir un trabajo que les permita seguir creciendo y acabar convertidos en profesionales de sala. Les esperan un montón de retos y durante diez meses hemos trabajado, preparándoles para afrontarlos. Han tenido mucho apoyo. Por lo pronto el de Karina Montes, coordinadora de la Escuela, que ha estado con ellos cada día del curso, y junto a ella el de unos cuantos profesores. Este año tuvimos la suerte de contar con profesionales de la talla de Romain Mesplet, sumiller del restaurante Maraz, Luis Flores (Malabar y Amaz), David Torres (Tostaduría Bisetti y Arabica), Cesar Ayala (academia de inglés Akron), o especialistas como Ruth Martínez, Pepe Moquillaza, Gianfranco Vargas, María del Carmen Lucena, Carlos Modonese, Zeleste Vela, Pedro Reyes, Ignacio Schwalb, Brenda Yndigoyen, Jimmi Vidal… Seis años en Pachacútec

Don Julio y los caminos de la carne

La entraña a la parrilla que preparan en Don Julio es un bocado prodigioso; sabroso, profundo, expresivo y sutil. Como un trozo de campo que muestra la esencia de la carne y acaba trastocando su textura hasta convertirla en mantequilla. Es normal que sea el corte más buscado por los clientes que suelen llenar el restaurante. Lo realmente extraño es que no aparece en la carta. La entraña de Don Julio es un secreto a voces y un misterio solo al alcance de los iniciados. La demanda es tan grande y la disponibilidad tan corta que hace dos años decidieron sacarla de la carta. Desde entonces sólo se sirve a un grupo de privilegiados. Hay que tener suerte, ser cliente habitual, ir sólidamente recomendado o caerle en gracia a Pablo Rivero para acabar teniéndola en la mesa. Don Julio y los caminos de la carne

El despertar de las cocinas ignoradas

El dinamismo y el avance que exhibe la cocina en Santiago de Chile es la mejor noticia latinoamericana del año gastronómico que acaba. La peor, el estancamiento de la alta cocina limeña, dedicada desde hace tres años a vivir de las rentas y embarcada en un extraño y peligroso viaje hacia ninguna parte. Junto a ellas, la confirmación de Ciudad de México como capital culinaria de América Latina está tan fuera de dudas que no necesita más comentarios. Entre medias hubo de todo. Cocinas que salen del silencio y empiezan a mostrarse con timidez mientras exploran caminos, como sucede en Quito, o el efecto multiplicador que ha tenido en La Paz la trayectoria de Gustu, con el nacimiento de algunos locales medios que merecen consideración. En Colombia se vive un momento tan complejo como esperanzador en busca de su identidad que muestra sus mejores formas lejos de la capital. El despertar de las cocinas ignoradas

Navidad en los dominios del pavo

Hubo en tiempo en que la navidad definía el mandato del pollo y en su defecto la gallina o el lechón, que siempre le rondaron en las mesas donde se podía festejar. Eso sucedió desde que América Latina conoció las celebraciones navideñas y multiplicó su despensa con la llegada de la gallina, el chancho, la oveja o la vaca, y duró hasta el advenimiento del pavo, que resultó ser asunto bien reciente. Queda la salvedad de México, donde el pavo fue carne de referencia antes de que se aparecieran los españoles, y algún país centroamericano que seguía su estela, pero el pavo manda hoy, o casi, en la práctica totalidad de la región. Más allá de la norma quedan sobre todo Argentina y Uruguay que han elevado el asado a los altares de la cocina festiva y con él algunos platos cárnicos heredados de la vieja Europa, como el vitello tonnato y la lengua en vinagreta. Navidad en los dominios del pavo

Mirazur, una cocina sin obligaciones

La ostra que me sirven en Mirazur es un bocado diferente. Llega instalada sobre una ligerísima crema de chalotas y tapioca, la acompañan con cortes pequeños –una lámina, dos bolitas y un cilindro- de diferentes tipos de pera y rematan el asunto bañándola con un chorrito de jugo de pera. El instinto y la experiencia me ponen sobre aviso, pero la prueba me lleva por el camino contrario. El resultado no es lo extraño que puede parecer; de hecho, es un plato gozoso. Propone un juego divertido y sutil que acaba abriendo horizontes al sabor de la ostra. Mirazur, una cocina sin obligaciones

Si yo tuviera un congreso

Salgo de un congreso local de cocina recordándome a mí mismo el motivo por el que he levantado una barrera casi total en mi relación con los encuentros culinarios: parto vacío, invadido por el hastío y la sensación de haber tirado el tiempo, o casi; fue bueno reencontrarse con los amigos. El evento se ajustó al guión establecido. Un par de estrellas que no tocaron un cuchillo y menos un producto, mostrando video tras video: de su restaurante, de su cocina, de una receta grabada… Si yo tuviera un congreso

La frontera del cacao

A Óscar Velasquez le gusta manejarse contra la corriente. Me lo dice tres frases después de empezar la conversación y concuerdo con él; si no fuera así no estaríamos hablando justo en la linde que separa el arrozal del cacao, en medio del valle del Shumba, poco después de la salida de Jaén hacia San Ignacio. Hablo del otro Jaén, llamado de Bracamoros por sus fundadores para diferenciarlo del andaluz, aunque apenas guarda con él otra relación que no sea el nombre. Levantada en plena región amazónica, muy cerca del cauce del Marañón, Jaén es una ciudad próspera y populosa que se ofrece entre sorpresas. La primera es la omnipresencia del arrozal, rodeando la ciudad y cubriendo la práctica totalidad del valle. La frontera del cacao

Tiempos de cambio en la cocina bogotana

No son las ocho de la mañana y estoy sentado en el comedor de Misia con un jugo y una canasta de fritos ocupando la mitad de la mesa. Con ellos llegan tres potes de ají, entre ellos uno condimentado con ajonjolí, sugerente y adictivo, que me tiene encantado y un pequeño bol con suero costeño, esa crema de leche ácida y amable que enmarca los sabores de algunas cocinas regionales de Colombia. La canasta contiene dos arepas que han rellenado con un huevo crudo antes de freírlas, dos carimañolas con queso, otras tantas con carne y cuatro pequeñas empanadas de maíz con un divertido relleno de papa guisada. Tiempos de cambio en la cocina bogotana

El langostino rajado, el queso y otras plagas

¿Quién decidió quitarle la tripa al langostino? Es un dato que se me escapa, aunque me preocupa menos que encontrar el motivo que animó un gesto repetido cada día en la inmensa mayoría de las cocinas latinoamericanas. Descabezan el langostino, arrancan las patas, retiran el caparazón que cubre la cola y, en un gesto de matarife consumado, le aplican un corte de punta a punta para extraerle el intestino, de color negro. El resultado salta a la vista, tanto como las consecuencias. En cuanto le aplicas calor, el corte ofrece una vía de escape al líquido que contiene la carne, secándola en pocos segundos hasta transformar el langostino en un ingrediente inútil para cualquier preparación mínimamente cuerda. El langostino rajado, el queso y otras plagas

Bogotá tiene un mercado para las hierbas

Llegadas las cuatro de la madrugada, Bogotá es una ciudad tranquila. Hay pocos vehículos por la calle y aun menos peatones. Hasta que te acercas al encuentro de la Carrera 25 con la Calle 22, donde se marca una de las entradas al que muchos conocen como Mercado Samper Mendoza, aunque sobre todo le dicen Mercado de hierbas o, por su nombre formal, Mercado nacional de hierbas medicinales, aromáticas y esotéricas. Tampoco es que haya mucha gente por las calles que lo rodean, aunque la las camionetas y furgones aparcados a su alrededor indican un plus de actividad, confirmada por los cargadores que cargan fardos sobre la espalda, pero lo que realmente llama la atención es el fragor aromático que estalla a su alrededor. El barrio duerme invadido por un revoltijo de olores que se me antoja increíble. Bogotá tiene un mercado para las hierbas

El gusto es suyo

Comemos para disfrutar. Lo mires como lo mires, el placer manda en la comida. Sobre todo y por encima de todo es una fuente de emociones. Unas veces son tan primigenias, simples y fundamentales como las que resultan de la victoria contra el hambre. La satisfacción del hambre saciada proporciona una de las primeras experiencias gozosas vividas por el ser humano. Siempre ha sido así y sigue siéndolo para una parte importante de la especie, que come para sobrevivir. Superada la batalla elemental contra la necesidad, la comida abre la puerta a una búsqueda de experiencias que cada cual digiere desde su propia perspectiva. El gusto es suyo

Ollucos, mashuas, ocas y papas

El olluco es un tubérculo extraño y festivo. Es chico, tiene la pulpa compacta, cercana a la de una patata aunque algo más suave y sutil, y la piel fina y colorida. Unas veces es amarillo, otras rojo, violeta, verde o morado, siempre en distintas tonalidades, en ocasiones uniforme y otras salpicado de manchas. Paso al lado de una caja y se me viene a la cabeza la imagen de un jardín pintado por Monet. Es vistoso y además resulta cremoso y llega cargado de promesas. En Bolivia le dicen papa lisa y en Ecuador melloco, pero en casi todo Perú es olluco, aunque ocasionalmente puede cambiar el nombre y llamarse lisa. Ollucos, mashuas, ocas y papas

El mejor restaurante de Lima

Hace catorce meses publiqué esta crítica en Luces, donde por entonces ejercía como crítico de restaurantes. La crítica no llegó sin embargo a la web del diario El Comercio, que en uno de sus habituales ejercicios de complacencia (durante los primeros seis meses rechazó colgar ninguna crítica que no elogiara al restaurante reseñado) decidió silenciarla, imagino que para evitar cuestionar el orden establecido. Les adjunto el texto. El mejor restaurante de Lima

Cocineros de la diáspora

Mauro Colagrecco salió de Argentina en el año 2000 pensando en encontrar la forma de completar su formación como cocinero. No pensaba en más de tres o cuatro años en Francia, donde estudió y llegó a practicar con algunos de los grandes de la cocina francesa (Bernard Loiseau, Alain Ducasse y Alain Passard), pero esos cuatro años se convirtieron en seis y acabarían dando paso a su propio restaurante en Mentón, en plena línea de la Costa del Sol: Mirazur (mirazur.fr). Antes de cumplir medio año, la todopoderosa Gault & Millau lo distinguía con el título de Chef Revelación del año. Cocineros de la diáspora

Cuando el trigo encontró al maíz

Todo cambió para el mundo el día que el trigo se encontró con el maíz y la yuca. Nadie lo sabía entonces y pasaría mucho tiempo antes de que fueran conscientes de lo sucedido, pero las consecuencias transformarían la percepción de la cocina. En ningún rincón del mundo volverían a comer como lo había hecho hasta entonces. La llegada de los primeros castellanos al continente americano propició mucho más que el encuentro de varias culturas y todas las historias de conquista, exterminio, colonización, desnaturalización, mestizaje y desarrollo que se vivieron y se viven en el continente americano. Detonó el cataclismo que iluminó la mayor revolución alimentaria conocida por el hombre desde el descubrimiento del fuego. Cuando el trigo encontró al maíz

El partido que nos cambió la vida

Perú pasó a la repesca del Mundial y el fútbol cambió nuestras vidas.

La economía ha crecido un 4,7 %.

El norte ha sido completamente reconstruido después del Niño, sin desperdiciar uno solo de los ventinosécuántosmil millones presupuestados.

Mulder ha retirado su propuesta de ley por la que ningún partido podrá concurrir a las elecciones hasta tres años después de constituido y ningún candidato estará facultado para presentarse hasta tres años después de afiliado.

PPK ha decidido cumplir la ley y mantener al dictador donde le pusieron las leyes del Estado peruano. El partido que nos cambió la vida

Gozando los nuevos vinos de Chile

El De Martino Viejas Tinajas es un vino emocionante. Apenas he dado el primer sorbo y ya estoy prendado. Hay otro vino de uva cinsault que responde a esa etiqueta, pero hablo del que Marcelo Retamal y Eduardo Jordán produjeron para los De Martino en 2015, con uva moscatel cultivada en la Cordillera de la Costa del Valle del Itata, uno de los espacios más nombrados y perseguidos en el nuevo tiempo que vive el viñedo chileno. Lo acabo de encontrar y es una de las experiencias más gozosas que he vivido en mi último viaje a Santiago. El encuentro con el vino es turbador, tanto por la intensa y elegante gama floral que te inunda en cuanto acercas la copa a la nariz como por la certeza de estar ante un vino diferente. Gozando los nuevos vinos de Chile

Cocina ciudadana

“Me acaban de confirma que han sacado 400 personas de esta dirección y necesitan 400 comidas, a entregar cuando se pueda en el Centro de Salud… si alguien puede dar algo, me avisa”….”Me acaban de avisar que llegaron 8 rescatistas más ¿podrán salir 20?” “¿Tendrás hora aproximada para ir avisando?”, “aunque sea cena”. “En Álvaro Obregón solicitan cena para 100 personas. Me especifican que no pan, no tortas, no sándwiches, que si pudieran frijoles negros caldosos sería lo máximo”, “podemos tacos, arroz, frijol y cárnicos, dame dos y confirmo”, “yo tengo tamales de frijol”… “me dicen que tanto tamales de… como tortas de… son muy bien recibidos. Si de favor se puede a las 8 pm van directo al equipo de rescate. Mando contacto directo y audio con indicaciones”… Son algunos fragmentos sueltos extraídos del chat que comparte un grupo de cocineros de Ciudad de México desde el mismo día del terremoto. Y sólo es uno de los muchos grupos que se formaron en la ciudad para coordinar y concentrar las aportaciones de los profesionales y los restaurantes locales. Cocina ciudadana

El templo que cambiará la historia el cacao

Llego a Jaén, la ciudad amazónica de la región peruana de Cajamarca, y se me muestra llena de sorpresas. La más notable es la omnipresencia del arrozal. La rodea y cubre los valles de la comarca, ocupando el lugar que siempre correspondió al cacao; una de las mil historias bizarras y dolorosas que marcan la vida del campo peruano. La otra es el extraño túmulo que tengo delante. Apenas tiene diez metros de altura pero sobresale en solitario sobre la llanura de Jaén. El hecho de que esté vallado y protegido indica que hay algo más de lo que parece. Las fotos que cubren los laterales de una tejavana instalada en la explanada que corona el cerro confirman que no es un accidente geográfico. Muestran una estructura de piedra construida en espiral, rodeada de muros que parecen escalonarse. Pertenecen de hecho a un templo excavado en 2016 y que por falta de presupuesto se volvió a cubrir. El templo que cambiará la historia el cacao

Camarón del Majes, otro tesoro en peligro

El camarón del Majes, el Ocoña y el Tambo, los tres grandes ríos de Arequipa, al sur del Perú, es uno de los grandes emblemas de la despensa peruana y está en serio peligro. De hecho vive la que seguramente es la temporada más complicada de su existencia. Los golpes le han caído por todos lados. Por el del clima, para empezar, con las lluvias torrenciales provocadas por El Niño en el papel protagonista, que han arrasado los ríos en pleno proceso de reproducción, destrozado de paso su hábitat natural. Pero sobre todo está la mano del hombre. Camarón del Majes, otro tesoro en peligro

¿Cuándo fue que dejamos de cocinar?

La consigna es cocinar con sobras. Hay que aprovecharlas y cambiar el rumbo de la sociedad de la opulencia, que al mismo tiempo es la del desperdicio alimentario, la pandemia del hambre, la anemia galopante y la obesidad como escaparate de la pobreza. Las contradicciones se acumulan dibujando un paisaje espeluznante. Calculan que cada año tiramos 1300 millones de toneladas de comida al vacío del basurero comunal. Lo que dejamos sin comer se acerca cada vez más a lo que la mayoría del planeta come cada día: 179 kilos de alimentos por persona y año. ¿Cuándo fue que dejamos de cocinar?

El tiempo del erizo

Cuando el invierno llega al mar siempre ocurren cosas importantes. Para muchos crustáceos, por ejemplo. En el hemisferio norte marca las mejores fechas del centollo, las nécora o el buey de mar. Es cuando están más llenos y la carne resulta mas sabrosa y perfumada. Sucede también con moluscos como la ostra, sin necesidad de buscar más lejos. Lo sentenciaron los dichos populares de aquella parte del mundo; el marisco en meses con r. Basta darle la vuelta para el hemisferio sur: el mejor marisco, en los meses sin r. No es una norma absoluta, pero se cumple a rajatabla para el erizo, y en aguas del Pacífico sur no se mueve nada que le pueda hacer sombra. Se me antoja el santo y seña de los tesoros del litoral. Donde haya una docena de erizos, que se quite todo lo demás. El tiempo del erizo

Dos barras en Santiago

La nueva cocina de Carolina Bazán es pequeña, bien aprovechada y queda a la vista de los quince clientes que ocupan los taburetes altos que rodean la barra del restaurante. La China y su equipo preparan allí sus platos, los retocan y los montan a la vista de todos. También los sirven directamente a los clientes. Le cuento tres ayudantes de cocina y un bartender –viene a ser como la versión hipster del barman- dentro de la barra, y un par de camareros por fuera completando el servicio y atendiendo las tres o cuatro minúsculas mesas que completan el local. Se mueven a las órdenes de Rosario Onetto, que se ocupa del vino y de la sala, y se maneja un poco por todos lados. A veces de esta parte de la barra, a veces de la otra. Dos barras en Santiago

Buscando causa

La mejor causa posible es la del producto. No hay que ir más lejos: aprender a conocerlo en el camino para comprometerse a respetarlo. Esa sí es buena causa en un país que atesora una de las mayores biodiversidades del planeta y parece no decidirse a incorporarla a sus cocinas. Solo una parte ínfima de nuestros productos aparecen en los mercados que cuentan y todavía es menor la que se utiliza en las cocinas de referencia. El vacío es descomunal.

Una buena causa sería adaptar la cocina a las temporadas naturales de los productos. Conocer su mejor momento del año y comprometerse a utilizarlo solo cuando ofrece las máximas prestaciones. De paso, permitiría mostrar un mínimo respeto por el cliente, que paga suficiente para merecer un producto de calidad. Buscando causa

Mazamorra, chaplas y caldo de mondongo

La mazamorra de llipta de Beatriz es algo serio. Envolvente, cálida y amable, se hace aún más grande en las sensaciones que en los sabores. Es dulce, claro, aunque no tanto como otras mazamorras, y muestra una notable complejidad. Todo un descubrimiento. Identifico rápido la densa presencia del maíz envolviendo aromas que se me antojan como de mil y una noches: canela, anís, manzanilla, hinojo y un aire de cáscara de naranja. Hay muchas más cosas en la fórmula que Beatriz me cuenta de a pocos. Aparecen el toronjil, la ortiga, el culem -lo describe cercano al toronjil-, y otra hierba que llaman talla. Mazamorra, chaplas y caldo de mondongo