La cocina de los Ingalls

Lo acaba de decir Christine Lagarde, la presidenta del Fondo Monetario Internacional, durante el encuentro que celebró en Lima con los gobernadores del Banco Mundial: “El principal mensaje que tengo para las autoridades mundiales es que tienen que aplicar las recetas de la cocina peruana”. Está claro que se refiere a la economía e imagino que le interesa la parte del crecimiento del prestigio en el mundo de la marca Perú, asociada a la cocina. Intenta explicarlo más adelante: “La cocina peruana es una combinación de prácticas óptimas de todo el mundo. Se trata de refinar y modernizar recetas tradicionales, y de mejorarlas, utilizando una variedad de ingredientes”. Lo leo y me deja pensando. No parece una buena receta económica y tampoco creo que coincida con la realidad culinaria del país, pero cada quien lo ve a su manera y al final fue el suplemento vitamínico que siempre necesitan los propagandistas de la felicidad eterna de la cocina peruana.

No importa si hablan Lagarde, Acurio, Ban Ki Mon o nuestros mas aguerridos promotores gastronómicos. La cocina peruana ocupa, por derecho propio, el escenario donde se rodaron las entregas más dichosas de La familia Ingalls, con Charles Ingalls y su hija Laura forzando sonrisas para la eternidad. Todo resulta ser bello y ejemplar en nuestra mesa.

A nadie se le escapa el detalle: los peruanos llevamos una sonrisa dibujada de lado a lado del estómago. No todos, claro. El 22,7 por ciento de las familias sufren el hambre. La felicidad es un estado de ánimo con dos caras: imposible que exista sin infelicidad, incertidumbre o zozobra. Todo va en un solo paquete, compartiendo el mismo envoltorio en papel regalo y con lazo rojo, aunque por aquí estemos más acostumbrados a mirar solo el lado más próspero de la moneda, ignorando las otras variantes que definen la ecuación culinaria hasta ocultarlas en el rincón más lejano de la conciencia.

Según el Instituto Nacional de Estadística, 6,9 millones de peruanos vivían en 2014 por debajo del umbral de la pobreza. Eso significa que el gasto de cada familia afectada está por debajo de 303 soles mensuales. La cuarta parte de los peruanos afronta la comida desde la perspectiva del hambre; protagonizan una batalla diaria por la supervivencia. Los datos no mienten. Más de 22 por ciento de los peruanos son pobres de solemnidad. Parecen invisibles, pero están ahí, a la vista de todo el que se atreva a mirar en los conos de Lima o en las pequeñas comunidades de la Sierra, la selva o el altiplano.

No es fácil hablar de cocina en un país que sufre el hambre. Según estos datos, millones de familias dispone menos de 300 soles al mes -75 por persona- para vestir, comer, trasladarse y todo lo demás. Menos de lo que cuesta un menú degustación en un restaurante de Miraflores. La realidad está ahí y es difícil escapar a ella. Casi la cuarta parte de las familias peruanas viven tres días con lo que cuesta un cebiche en un local medio de cualquier distrito de Lima. Treinta soles marcan la diferencia entre un plato de pescado de mediana calidad compartido entre amigos y la supervivencia.

Un detalle para nada insignificante, estremecedor y también fácilmente manipulable. Abre la puerta a la demagogia, aunque no tiene por qué ser así: la gastronomía también es un factor de desarrollo. Especialmente la alta cocina. Coincido con quienes creen que el crecimiento de nuestra cocina puede ser un estímulo importante para avance del país y el cierre de fisuras sociales, pero el progreso está reñido con la complacencia y de eso nos sobra por todos lados: en el discurso culinario y en el análisis.

Share on FacebookTweet about this on Twitter