Amigos y enemigos

El Damanzaihao es un pesquero descomunal, el mayor que se ha visto nunca en nuestras costas. Desplaza cuarenta y nueve mil toneladas y es tan largo como dos campos de fútbol juntos. Además es uno de esos barcos que viven una crisis de identidad permanente; no hace mucho que cambió su antiguo nombre, Lafayette, al tiempo que lo hacía de bandera. Primero fue rusa, luego de Mongolia y finalmente adoptó la del Perú. Desde hace unos meses la exhibe anclado frente a las costas de Chimbote, mientras sus abogados intentan en Chile que se levanten las sanciones por piratería que pesan contra él. De hecho, la Organización Regional de Ordenamiento Pesquero del Pacífico Sur le incluyó en la lista de pesqueros ilegales y le ha prohibido operar en estas aguas.

Técnicamente, el Damanzaihao no es un barco de pesca, aunque sobre él pese una larga lista de denuncias por pesca ilegal. Más bien es un barco nodriza que aprovecha el fruto de las razias de un grupo de arrastreros ilegales, dedicados a esquilmar los bancos de pota más allá de las 200 millas. El Damanzaihao recoge las capturas, las manipula, las congela y cuando tiene la barriga llena las traslada directamente a China. Sin pasar por Perú ni dejar nada en el país. Es una suerte de barco de exterminio que también ha sido denunciado por explotación infantil; un genocida del mar. La del Damanzaihao es una de esas historias que se muestran turbias desde el comienzo para hacerse más negras a cada paso.

El mar peruano es un campo de batalla con unos pocos vencedores y muchos vencidos. Este gigantesco barco pirata es uno de los primeros, ocupando un lugar destacado junto a las grandes pesqueras que depredan la anchoveta y todo lo que se atreva a nadar en aguas peruanas. Leo que Marina y Produce se culpan entre sí por la concesión de la bandera peruana para el mayor buque pirata de nuestros mares. Pero ahí está, exhibiéndola por conveniencia y por quien sabe cuantas coimas.

En el lado de los perdedores, estamos todos. Sobre todo, la flota de pesqueros artesanos que intenta sobrevivir alrededor de los muelles de pescadores que recorren la costa del Perú. No es fácil en una industria marcada a fuego por la precariedad y la informalidad.

He pasado tres veces por la terminal pesquera de Villa María del Triunfo y nunca salí con buenas sensaciones. La más estimulante fue la primera, por la sorpresa que siempre provoca la diferencia, encarnada en el encuentro con las especies que apuntalan algunos de nuestros tópicos culinarios: chita, pejesapo, cojinova, tramboyo o lenguado. El resto –concha, bonito, atún, corvina…- son iguales a los de otros mares y casi nadie cocinaba por entonces especies como la cabrilla. Eso fue todo. Las condiciones en que se encontraban la mayoría de los pescados –castigados por formas de pesca especialmente agresivas, apilados, descuidados, sin apenas protección de cámaras frigoríficas o sistemas de frío- planteaban muchas dudas. No necesité más para entender que las verdades del pescado de calidad se manejan más allá de los muros de la terminal.

Empecé a buscarlos donde siempre hay que hacerlo, en los muelles de pescadores. No fue fácil. Desde el primer encuentro con la costa del norte entendí que sería una tarea complicada. En mis viajes por la costa he visto más atracaderos de fortuna que muelles pesqueros hechos y derechos. Las instalaciones imprescindibles para garantizar la continuidad de una línea de frío suelen ser una quimera. Lo saben los restaurantes que buscan sus fuentes de abastecimiento en la pesca artesana. Es el trayecto imprescindible para conseguir frescor, calidad y diversidad, pero no despeja las incertidumbres.

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